AVENTURA EN EL AVE


Hace unos meses y por motivos de trabajo tuve que ir a Madrid. Salí desde Valencia en el Ave de las 18,10 horas para llegar a Madrid sobre las 20 horas aproximadamente, ir hacia el hotel y poder salir a cenar tranquilamente.
Me acomodé en mi sillón de clase turista en la zona donde van cuatro asientos encarados dos y dos. Mientras el tren salía me dispuse a leer un poco. A los pocos minutos un señor ocupa el asiento al lado pero dado su excesivo volumen tuvo que levantar el apoyabrazos porque no cabía. Vaya viaje que me espera pensé, mientras me desplazaba lo más cerca posible hacia la ventanilla para intentar dejarle más sitio. Menos mal que ahora estos viajes no eran como los de antes de 5 horas y en escasamente dos horas estaría en Madrid.
Seguidamente una señora ocupó el asiento justo enfrente del mío. Jo…, pensé ya me podía haber tocado ella al lado y el “obeso” enfrente. Me enfrasqué en la lectura y a los pocos minutos, la señora de enfrente se agacha y recoge algo del suelo y me lo da. Era una tarjeta para marcar páginas.
– Perdone, se le ha caído esto del libro.
– Muchas gracias, le dije, mientras la miraba directamente a sus ojos, de color verde agua mar y de un brillo extraordinario.
Para no parecer impertinente, seguí con la lectura pero de vez en cuando bajaba el libro, simulando descansar y me ponía a mirarla. Debería tener entre 45 y 50 años. Se conservaba bien y aunque tenía un poco de exceso de peso, era muy bonita. Lo que más llamaba la atención eran sus ojos y su boca. Seguí mirándola disimuladamente mientras intentaba despegarme de mi compañero de viaje que parecía como si cada minuto que pasara, sus carnes se esparcieran más aún. Di un suspiro de resignación y cuando la vuelvo a mirar, ella también lo hace y con una sonrisa (joder, que sonrisa) enarca las cejas hacia arriba como diciendo: “vaya la que te ha tocado”. Ese gesto deja sus ojos aún más a la vista. Y si ya eran grandes, así quedaban deslumbrantes.
Ya el tren había salido de la estación Joaquín Sorolla camino de Madrid. No me centraba en la lectura porque no dejaba de observarla, con cierto disimulo para que no se sintiera violentada. Cuando vuelvo a mirarla, ella sonríe y yo me pongo a mirar por la ventanilla. Instantes después la miro de nuevo y vuelve a regalarme otra sonrisa, a la que respondo con otra mía, haciendo un gesto parecido al suyo desplazando mis cejas y mis ojos hacia la izquierda señalando a mi compañero de asiento.
No me sentía cómodo porque tenía poco espacio para poder moverme y si no hubiera sido por la pasajera de enfrente ya me hubiera levantado y me hubiera ido a la cafetería.
Ahora ya empecé a mirarla, aunque disimuladamente, desde abajo hacia arriba. Tenía unos pies muy bonitos que además lucía con unas sandalias de tacón mediano, seguidos de unas piernas bien torneadas y con una piel bronceada y muy firme. ¡Ayyy! me pilló mirando sus piernas y me volvió a sonreír al tiempo que descruzaba sus piernas despacio y volvió a cruzarlas ahora al revés de como las tenía. Seguí con mi inspección ocular subiendo hasta sus caderas, anchas pero sin exagerar. Sus pechos eran de un tamaño mediano pero se adivinaban turgentes. Su cara, bronceada y su pelo rubio, hacía que lucieran aún más sus ojos verdes. Llevaba un corte de pelo que dejaba libre parte de sus orejas y su cuello que era toda una tentación.
Pasó el revisor y mirando a mi compañero de asiento, me pide mi billete, se lo muestro y anota la siguiente frase: “señor, disculpe las molestias, si lo desea puedo acomodarle en algún asiento de preferente. Si así fuera, hágamelo saber”. Por un momento estuve tentado de ir en su búsqueda y decirle que sí, pero no quería perder de vista a la señora de enfrente. Cuando voy a guardar el billete en el maletín del ordenador, se me cae y de nuevo la señora, se agacha y me lo da, pero no sin antes leer lo que el revisor había puesto, pidiéndome excusas por su curiosidad.
Habría pasado una media hora de viaje, cuando decido levantarme e ir a la cafetería a tomarme algo fresco y así por lo menos estirar un poco el cuerpo que tenía algo encogido debido a la postura forzada para no tocar el cuerpo de mi compañero de asiento.
Llego a la cafetería y pido una cerveza. Cuando me la está sirviendo oigo una voz a mi lado.
– Vaya viaje incómodo que vas a pasar. Disculpa, me llamo Pilar.
– Yo José. Encantado. Y si, es un poco incómodo ir así apretado, pero también es cierto que no todo es malo.
– Ya he visto que te han ofrecido cambiar de asiento y no has aceptado, por ahora, me dijo sonriendo.
– Siii le dije devolviéndole la sonrisa. ¿Te apetece tomar algo?
– Otra igual que la tuya.
Le sirven la cerveza y empezamos una charla animada durante unos minutos, durante los cuales, nos fuimos informando uno del otro. Pilar tenía 52 años, estaba casada y era médico en el Hospital Gregorio Marañón. Tenía un hijo que estudiaba ingeniería y estaba de Erasmus en Holanda. Su marido, ingeniero, trabajaba en Endesa y ahora estaba de viaje de trabajo en China. Viaje que aprovechó para cogerse unos días de asuntos propios y venirse a Valencia a pasarlos con su hermana. Mientras me contaba todo esto, yo me iba embebiendo de sus ojos, su boca y su sonrisa. No paraba de sonreír y eso me cautivaba.
En un movimiento un poco brusco del tren, Pilar, que estaba apoyada contra la pared del vagón, perdió un poco el equilibrio y se vino hacia mí que tuve que sujetarla por la cintura para que no se cayera.
– Ves, si me hubiera cambiado de asiento no te hubiera podido ayudar.
– Gracias, me dijo.
– También me hubiera perdido esa sonrisa.
– Gracias, volvió a decirme.
– También esos ojos que, permíteme, no había visto nunca ninguno con ese brillo, si del color, pero el brillo es deslumbrante.
– Gracias, de nuevo.
– ¿Vas a pasar todo el viaje dándome las gracias?
– ¿Y tú vas a pasar todo el viaje adulándome?
– No es adulación, es la realidad, pero si fuera necesario lo haría.
– ¿Hacerlo para qué?
– Para estar más rato contigo y verte sonreír de nuevo.
– Bueno, pues entonces ya no te daré más las gracias, con esto será suficiente y acercándose un poco más, me puso la palma de la mano en una mejilla y me dio un beso en la otra, muy cerca de la comisura de los labios.
Ummm, sentí un latigazo entre mis piernas al notar el calor de su mano, de sus labios y el olor que desprendía su cuerpo.
Pilar se retiró un poco, volvió a apoyarse en la pared del vagón, pero dejó una de sus manos encima de mi brazo, cerca de mi mano, que sin temor a exagerar, puedo decir que me estaba quemando. ¡Ufff!, como me estaba poniendo esta mujer en solo unos minutos de conversación.
Yo seguí contándole de mi trabajo, donde vivía, que iba a hacer en Madrid, los días que iba a estar y mientras disimuladamente o no, de vez en cuando apoyaba mi mano en el brazo que tenía encima del mío y un par de veces, apreté su mano. En la cafetería, en ese momento, solo había una pareja en la otra punta del vagón, que no paraban de hacerse carantoñas, nosotros y la camarera que muy discretamente estaba repasando unos listados.
De momento siento que la rodilla derecha de ella toca y permanece en contacto con la mía y poco después, se acercó más y ya sentí su pierna en contacto con la mía. Podía sentirla bien, porque su vestido veraniego era muy fino y dejaba pasar todo el calor de su piel. De vez en cuando la movía pero no la despegaba, para que me diera cuenta de ello, como si no lo hubiera hecho ya.
Ahora su mano en mi brazo, ya no se estaba quieta, sino que lo acariciaba arriba y abajo y cuando llegaba a mi mano, la cogía y la apretaba suavemente, volviendo de nuevo a las caricias del brazo y antebrazo.
Ahora ya estábamos más juntos, su pierna sobre la mía entraba en contacto con mi entrepierna y sintiendo mi erección, oí un suave suspiro y mirando su pecho vi que subía y bajaba.
– ¿Qué estamos haciendo? Preguntó.
– Tu no lo sé, yo excitándome, mirándote y sintiéndote.
– Pero no está bien, ambos estamos casados, dijo Pilar
– Si, esa es una pequeña dificultad, pero no una imposibilidad.
– Eres malo
– Si, malo, perverso y lujurioso.
La miré a los ojos, los apartó y le dije que no lo hiciera. Volvió a mirarme y dejé que se fuera acercando a mí, hasta sentir su aliento. Me besó suavemente en los labios. Con una mano la cogí por la cintura pegándola más a mí y con la otra acariciaba su mejilla. Pasé mi lengua por su labio superior, luego por el inferior y después por la comisura de los mismos, para seguidamente morder suavemente el labio inferior y poniendo la punta entre sus dos labios, la obligué a abrirlos, cogiendo ella mi lengua con los suyos y absorbiéndola después para empezar una batalla de caricias de nuestras calientes y húmedas lenguas.
Mientras nos besábamos nos acariciábamos por encima de la ropa, cogiendo yo sus glúteos fuertemente y apretándolos contra mí pene que estaba ya a reventar.
– Pilar, aquí no podemos hacer más, ¿lo dejamos para cuando lleguemos a Madrid?
– No, no me puedes dejar así, necesito que me folles ya. Vámonos al aseo.


– Ve tu primero y después iré yo, tocaré tres veces despacio y me abres.
Cogiendo su bolso se giró y fue hacia nuestro vagón, justo al lado del de la cafetería, donde estaban los aseos. Según se iba, no pude dejar de mirar sus perfectas piernas y su voluptuoso culo.
La seguí unos instantes después, toqué en la puerta tal y como le dije. Me abrió y nada más entrar, me empujó contra la puerta del aseo y comenzó a besarme desesperadamente mientras desabrochaba mi cinturón, bajándome el pantalón y el calzoncillo al mismo tiempo. Me hizo sentar en la taza del inodoro e hincándose de rodillas le dio un par de lametones, rodeando el glande con su lengua otras tantas veces y se la tragó entera de golpe.
Se la sacó de la boca y me dice que solo quiere calentarme un poco más y que luego la follara rápido y fuerte.
– ¿Calentarme más? Si estoy ardiendo como una tea.
– Ya lo noto.
Mientras me hacia la felación, yo desabroché un poco el vestido y levantando el sujetador, liberé sus pechos que empecé a acariciar. Apretándolos y pellizcando sus pezones.
De repente se levanta, se apoya en el lavabo, se levanta el vestido recogiéndole en el pequeño cinturón del mismo.
– Fóllame, pero fóllame duro y fuerte, dame azotes en las nalgas y tírame del pelo, haz conmigo lo que quieras pero necesito sentirte dentro.
Cogiendo sus bragas por los lados, las deslicé hasta quitárselas y las dejé encima del lavabo. Empecé a amasar sus glúteos que a pesar de la edad, aún se mantenían muy firmes y duros. Con la otra mano rodeando su cintura le acariciaba el vientre que desprendía un calor que quemaba mi mano. Apretando su vientre con mi mano puse mi pene entre sus piernas.
– Métemela ya cabrón. No puedo más. Joder, como me has puesto mira como estoy de mojada.
En ese momento tocan a la puerta y les dice que por favor vayan a otro aseo, que se encuentra indispuesta y no sabe cuánto va a tardar. Mientras decía esto llevaba mi mano a su vagina que no paraba de destilar jugos que le caían por sus piernas. La acaricié un poco más y apretando mi mano contra su vagina, apretó las piernas y empezó a correrse, mordiéndome la mano que había puesto en su boca para que no chillara.
– Ahora dentro joder. José quiero que me folles ya como te he dicho.
Cogiendo mi pene lo llevé hasta su rajita que empecé a acariciar con el glande tres o cuatro veces y notando la urgencia y necesidad que tenía, se la metí, entrando sin ninguna dificultad. Enseguida noté como me empapaba con sus fluidos y que Pilar empezaba a moverse cada vez con más ímpetu.
Le di un par de azotes en cada nalga y abrazándola con uno de mis brazos abarcando sus pechos y con la otra tirándole del pelo, empecé a follarla con fuerza, pidiéndome ella que fuera más rápido, sin parar de llamarme cabrón y pidiéndome que no parara de follarla. Poco a poco su agitación y la mía fue en aumento cuando me dice que se va a correr. Intento seguirla para correrme al mismo tiempo que ella, pero es Pilar la que gana la batalla y se corre refregando su espalda contra mi pecho, mordiéndose ella esta vez una de sus manos. Continúo dándole más fuerte para correrme yo.
– ¿Puedo correrme dentro?
– Si, échamelo todo dentro, ni se te ocurra hacerlo fuera.

Seguí empujando y oyendo el golpeo de mi pubis contra sus nalgas, emitiendo un sonido como si fueran verdaderas y extraordinarias notas musicales, que junto con nuestros jadeos se expandían en el aire. En unos pocos segundos más, y sintiendo mi eyaculación cercana, le dije que me iba a correr dentro de ella. Así, lamiendo y mordiendo suavemente su cuello empecé a correrme al tiempo que ella me anunciaba otro orgasmo de nuevo, siendo sustituidas aquellas notas musicales por verdaderos jadeos de placer de ambos.
Permanecimos así dos o tres de minutos y luego saliendo de su interior, nos tuvimos que agarrar, ella al lavabo y yo a los pasamanos para no caernos debido al temblor de nuestras piernas.
Le dije que me dejara limpiarla y cogiendo un poco de papel empecé a secar con el todos los fluidos que desde su vagina bajaban hacia sus rodillas. Terminando también de limpiar las gotas que habían caído al suelo del aseo, para no dejar rastro.
Nos recompusimos un poco y nos besamos suavemente. Me pidió mi número de teléfono y nos fuimos a sentar a nuestros asientos.
Suena mi teléfono. Era un Whatsapp de un número desconocido. Enseguida supe de quien era, porque la había visto teclear. Leo el mensaje que decía:
– Si quieres, esto solo ha empezado. ¿Te apetece venir a mi casa, cenar y allí continuamos?
– Si, ya lo creo. Lo estoy deseando.
– Quiero que me lo comas mi chocho, que me vuelvas a follar y que me la metas por el culo.
Volví a sentir de nuevo otro latigazo entre las piernas y suspiré profundamente. Esa noche prometía y quien sabe si también algún otro día de la siguiente semana.