Carta sin remitente

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Carta sin remitente

Puede que escriba esto sabiendo que nunca llegarás a leerlo, más bien siquiera lo entenderías. Hay personas que pasan sin dejar huella y otras que aunque estén poco tiempo a tu lado los recuerdas para siempre, como fuiste tú.

He vivido diferentes tipos de amor: el amor de la infancia, el interesado, el amor masoquista y el amor a distancia. De pequeña me dijeron que las historias nunca se repiten y que una persona se comporta de forma diferente en cada una de estas. Esto es cierto. Yo siempre había sido una persona a la que la sociedad consideraba como sensata, sin embargo, cuando apareciste hice locuras que nunca antes se me habían pasado por la cabeza.

Cuando te conocí, yo tenía 15 años, estaba en un país extranjero y sin cruzar palabra te mantuve en mi memoria durante más de cinco años. Fueron pasando por mi vida diferentes hombres, todos aquellos que te he nombrado en el párrafo anterior y en cada uno de esos fracasos siempre una persona me venía a la cabeza, tú.

Reconozco que nunca pensé que te iba a volver a ver, eras la típica persona inalcanzable, mi amor platónico e inaccesible.

Sin embargo, hace unos meses cuando yo sufría el peor desengaño amoroso que hasta día de hoy he vivido, por ese amor masoquista, esa persona que a pesar de saber que no me quería me obcequé, pensando que alguna vez pasaría a ser igual de importante para él, como él lo había sido para mí. Pero nada más lejos de la realidad, aquella persona que no apuesta por ti desde el principio no lo hace nunca, él me ridiculizó delante de mis amigos, diciéndome que yo había sido aquel paño de lágrimas que había acudido cuando se sentía rechazado por la chica de la que realmente estaba enamorado. Esa noche me envolví en el alcohol cometiendo errores que en mi sano juicio no habría cometido, pero como dice la canción, las barras de bar son los mayores vertederos de amor.

Estuve 5 días en mi cama con el mayor bochorno de mi vida, con el móvil apagado, con el miedo de pensar qué me encontraría al encenderle. Sólo me levantaba para estudiar y comer, envolviéndome en una monotonía que cada vez me iba consumiendo poco a poco. Al quinto día me atreví a encender el Facebook, tenía una petición de amistad, eras tú. ¿Cómo te podías acordar de mi después de cinco años?

Tú diste color a mi vida, cuando la palabra felicidad no se encontraba en mi diccionario. Sin pensarlo dos veces me presenté en tu país, fue una forma de perder la cordura que me había perseguido todos estos años atrás. Cada vez los encontronazos fueron más frecuentes, nos dirigíamos con un nivel de inglés que dejaba mucho que desear. Sin embargo, empecé a sentir que te conocía desde siempre, que nuestra historia se parecía a aquellas películas románticas que había visto de pequeña desde mi sofá.

Mi vida nunca había sido de muchos cambios y se centraba en una sola cosa, estudiar. Vivía el mundo a través de una ventana, viendo como los demás disfrutaban en lo que yo iba muriendo poco a poco. Me enseñaste a ver que la felicidad está en las pequeñas cosas, que muchas veces estamos en el mundo por estar, viviendo en un estándar que la sociedad considera como correcto, sin preguntarnos a nosotros mismos si así somos felices, independientemente de lo que piensan los demás.

Hoy no sé sí mi destino está a tu lado, la distancia debilita, igual que las diferencias de edad y las malas lenguas. Ahora sólo queda que el tiempo pase, sin embargo, hay una cosa de la que nunca me arrepentiré es de haberte conocido y hayas puesto un halo de luz en mí, cuando la rutina y la resignación me invadía por dentro.