El hombre que quiso dejar todo por su primer amor


Eduardo asistía a terapia debido a un problema de habilidades sociales. A veces (muchas, realmente) le costaba decir ‘no’. Esto hacía que tanto su jefe como algunos avispados subalternos y compañeros se aprovecharán de su falta de asertividad para sobrecargarlo de trabajo.

Un día, el motivo de su consulta, aunque relacionado, cambió drásticamente: “No le había contado antes porque pensé que podría manejarlo solo, pero estoy metido en un problema demasiado complicado y no sé qué hacer… Es que… tengo una amiga. Pero no es cualquier amiga… Ella fue mi novia de ‘toda la vida’, volvió a aparecer ahora y el asunto se me salió de las manos… La estoy viendo hace unos meses… ¡Quiero que, por favor, me ayude!”

Debo reconocer que la noticia me sorprendió, Eduardo no era un mujeriego, tampoco un hombre inmaduro o afectivamente inestable que suele enredarse con facilidad. Se había casado tres años atrás, estaba esperando su primer hijo y tenía un proyecto de vida bastante bien organizado.

Pasó que Eduardo se había encontrado con Cristina (su ex), en un supermercado, después de un poco más de cuatro años de no verla. Ella era un mujer bellísima, alegre y muy desenvuelta. Cuando la vio sintió como una descarga eléctrica lo atravesó, la boca se le secó instantáneamente y la lengua se le trabó. Ella sí lo manejó con elegancia (según cuenta el mismo Eduardo): lo abrazó, le dio un beso en la mejilla y soltó el obligado y halagador “Estás igualito… no has cambiado nada”. Casi de inmediato su mente recapituló seis años de noviazgo.

Habían sido novios desde los 16 hasta los 23 años. Pasó que Eduardo se fue a estudiar inglés a los Estados Unidos, luego ella conoció otro muchacho, se enamoró intensamente y terminó su relación con Eduardo por télefono. Luego de siete meses Cristina contrajo nupcias con el desconocido. Eduardo, a partir de ese momento, deambuló de un lugar a otro tratando de matar la pena. Por fortuna, rápidamente conoció a su actual mujer la que sanó (o eso se pensaba hasta este reencuentro) las heridas dejadas por Cristina.

Eduardo: Estoy confundido doctor, ella volvió a despertar en mí algo que yo creía terminado.

Terapeuta: Es comprensible. El primer amor no es fácil de olvidar. Es el debut afectivo y sexual… No es cualquier experiencia.

E: Esa es una de las cosas que más me mortifican: nunca hicimos el amor.

T: ¿Y entonces?

E: No sé, yo creo que me lo merezco… Yo estuve ahí todo el tiempo, en las buenas y en las malas… Creo que tengo derecho a ser su amante.

T: ¿Y ella qué dice?

E: Dice que me ama.

T: ¿Y tú?

E: Creo que también… Pero creo que además hay mucho deseo y orgullo masculino, creo que estoy confundido.

T: ¿Y tu mujer?

E: Creo que debo hablar con ella, me siento mal siéndole infiel.

No había mucho por hacer, Eduardo estaba invadido por Cristina. Consecuente con lo que sentía decidió irse de la casa por un tiempo e intentar experimentar a fondo su “reencarnación amorosa”.

Un fin de semana juntos, con sus respectivas noche y amaneceres, fue suficiente para que Eduardo entrara en crisis.

E: No sé qué pasó, fue como despertar, todo en ella era distinto y ajeno a mí.

T: ¿Qué pasó con el derecho a la sexualidad del que tanto hablabas?

E: No me gustó su desnudez, no disfruté, no la pude sentir mía no fue ni bueno ni malo… más bien insípido.

T: ¿Cómo te sientes ahora?

E: Arrepentido, liviano, libre.

T: ¿Y qué hay de Cristina?

E: Me sigue llamando, pero ya aprendí a decir “no”.

Como si hubiese quedado inconcluso, hay un momento en la vida donde aquel lejano amor adquiere especial significación. La mente puede momificar psicológicamente a una persona, detener el reloj y mantenerla invariable, o alterar positivamente su recuerdo y embellecerlo. Todos sabemos que permanecer anclado a la historia afectiva y negarse a elaborar el duelo no es sano. Pero en más de una ocasión, el cerebro, auspiciado por el corazón, se empecina en mantener vivo lo que ya expiró.

Nos gusta canonizar los grandes amores, sentimos que son irremplazables, queremos retenerlos o recuperarlos sin importar el costo. Y es precisamente ahí, en ese oscuro recoveco de autodestrucción y sacrificio “altruista”, donde ubicamos el mito del primer amor: una apología sensiblera que puede hacer tambalear la más firme y enconada fidelidad.

Si aún veneras a tu primer amor y lo tienes como punto de referencia para comparar tu relación actual, quítalo del medio. Así como le pasó a Eduardo, es posible que estés siendo injusto con tu pareja porque es muy probable que tu mente haya fabricado una imagen idealizada de lo que fue. No pongas a la persona que amas a competir con un ser inexistente y cuasi perfecto que solo existe en tu imaginación.

Mejor concéntrate en lo que tienes, en lo que es tu mundo afectivo, en lo que eres, en lo que tu pareja representa para ti. Realismo crudo y bello, eso es el amor maduro. Si tu relación de pareja no está bien, un encuentro con el primer amor, así sea a tomar un inocente café, es meterse a la boca del lobo. En estos casos, las probabilidades de ser infiel son altísimas y lo que suele guiar la infidelidad es el intento inmaduro e irracional de recuperar un pasado que ya no existe.

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